De la falsa gloria, a un infierno real

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Luisma

De la gloria inventada por el mismo, a un infierno real, al que le condujo la verdad. Ése fue el recorrido que hizo Stephen Glass cuando fue descubierto, según podemos ver, relatado a la perfección, en la película Shattered Glass (en español, El precio de la verdad), que nos muestra hasta qué punto la mentira puede arruinarle la vida a la persona que vive de ella. Sin embargo una cosa es evidente: esto solamente ocurre cuando la mentira es descubierta; si Stephen Glass no hubiera sido desmantelado nunca como el impostor que realmente resultó ser, probablemente a día de hoy seguiría triunfando como periodista ejemplar, como gran buscador y contador de historias, así como lo fue durante el tiempo que consiguió mantener viva su mentira.

Y no sólo los artículos e historias que publicaba Glass eran mentira, el propio periodista, su propia vida dentro del medio para el que trabajaba (la revista The New Republic) formaban también parte de esa mentira, de esa realidad paralela y ese personaje que el joven se había creado alrededor. A todos en el periódico les costó creer que su compañero, o incluso para algunos su subordinado, hubiera inventado y manipulado información hasta los niveles que lo hizo; y dicha incredulidad no se debía sólo a la calidad de sus escritos, ni siquiera se debía a lo inverosímil del caso que de tan de cerca les tocaba. Stephen Glass era un joven y talentoso periodista, o mejor, atribuyamos esos atributos al personaje que éste creó, que caía bien a todos sus compañeros, estaba pendiente de todos y era, no sólo un ejemplo de periodista, sino también un ejemplo de persona.

Imagen

El actor Hayden Christensen en una escena del precio de la verdad, película en la que interpreta a Stephen Glass.

Ahora bien, la mentira de Glass tuvo las patas cortas, o Adam Penenberg, el periodista de la revista digital Forbes tuvo “las patas más largas” que la mentira de Glass, y destapó la impostura de su compañero de profesión, de manera que fue despedido de The New Republic, e incluso de su profesión, ya que nunca volvió a ejercer el periodismo. Penenberg parecía el malo de una historia que sí fue real, a diferencia de las que contaba Stephen Glass en el medio para el que trabajaba, y quizás fuera el más honesto. Si bien es cierto que quizás se dejó llevar por el sorprendente éxito de su competencia y que él mismo no era capaz de alcanzar, los resultados fueron los adecuados según el devenir de los acontecimientos.

Lo preocupante, a mi parecer, en toda esta historia, no es la misma en sí, sino todas las que se dan de manera similar a diario en los medios de comunicación de todo el mundo, o más concretamente de los españoles, que son los que conozco, las verdaderamente preocupantes. Quizás por la gravedad del caso, quizás por la repercusión que tuvo, o por el motivo que fuera, el caso de Glass y The New Republic acabó correctamente, y mientras se daba, era algo desconocido para propios y foráneos del medio hasta que fue destapado. Sin embargo, y esto es lo grave del asunto, frecuentemente, casi a diario (y digo casi, por ser benevolente), se ven casos de manipulación y mentiras en los medios de comunicación que, probablemente no sean tan graves como las de la historia que nos ocupa, pero sí son conocidas y sabidas por todos, y siguen ahí, buscando clientes en lugar de lectores, como si de cualquier producto se tratara. No creo en un periodismo completamente objetivo, pero todavía creo menos en un periodismo manipulador, que ni siquiera merecería llamarse periodismo. La prensa amarillista, sensacionalista, y que únicamente busca vender a toda costa sin importar la verdad, la ética o los valores que algún día el periodismo llevo por bandera y que parecen estar más que olvidadas, están matando esta profesión, y el caso de Glass es un claro ejemplo de ello, pero a mi juicio no es el más grave, ya que fue cerrado en el momento en que se descubrió, en lugar de ser indultado como ocurre a diario con las mentiras que se llegan a publicar.

Ante esto es fácil perder la esperanza, pero por suerte existen medios que intentan renovar el periodismo y darle frescura, hacerlo de otra forma, mejor o peor pero con mucha más transparencia, como son los casos, por poner algunos ejemplos, de La Marea, Diagonal, ElDiario.esetc…

Al ver esta película he llegado a cinco conclusiones claras:

1)      Las mentiras en la prensa, no sólo deben ser repudiadas, sino cesadas y señaladas como merecen serlo.

2)      El periodismo que se estanca y no se renueva, acaba por acomodarse y buscar lectores con el periodismo fácil y la manipulación para crear un sector de público fijo o mantener el que tenía.

3)      Entre los periodistas hemos de luchar contra este tipo de cosas y no indultarlas como si no ocurriera nada.

4)      El propio medio es el primero que ha de cortar estas situaciones de manera ejemplar para que no se repitan, además de disculparse por los hechos.

5)      El periodismo como profesión, como vocación, incluso como forma de vida, merece un respeto que no está recibiendo y que si no fuera por algunos acabaría muriendo.

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