Periodista de día, y de noche

Carlos Semp

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El día a día de una redacción de informativos de una provincia suele tener un componente rutinario muy acusado; los actores suelen ser los mismos conocidos de siempre; es fácil intuir, mirando el calendario, cuándo vamos a tener que abordar una determinada noticia; e incluso coincidimos todas las mañanas en la cafetería de la esquina con el jefe del gabinete de prensa de la Diputación, que nos dice: “Oye, Pedro, súbete luego al despacho, que tengo ya la convocatoria de los Premios Azorín y luego tomamos unas cervezas”. Todo es muy familiar cuando se llevan años en un medio y no trabajas en ninguna capital de comunidad.

Precisamente esta familiaridad hace que tus fuentes sean aquellas personas que
comparten cotidianidad contigo, lo que permite que el trabajo casi “se haga solo”. Es
decir, que cuando sales de la redacción, al tiempo que tomas el café con Marina,
delegada de prensa de la alcaldesa, estés agilizando las tareas del informativo que
tendrás que preparar mañana por la mañana. Y esto, se mire como se mire, es una
ventaja. A no ser que la relación extra profesional con determinadas personas con las
que trabajamos no sea de nuestro agrado.

Hablamos de fuentes potenciales y encontramos un amplio abanico. Pero las
verdaderamente esenciales son aquellas que más nos ayudan en el día a día. Esto es,
aquellas que con mayor frecuencia tenemos que consultar. Bien porque son fuentes con
informaciones muy destacadas, bien porque nuestra especialización periodística
implique la consulta de un tipo de fuentes de nuestra misma especialización. Por ello,
el alma de una redacción, su particular Biblia, es la agenda. Ese cuaderno que antaño
era de papel, que vivía saltando de mesa en mesa y que, con el manoseo constante tras
muchos años, se había convertido en un deshilachado manojo de páginas mugrientas
que siempre estaba ahí cuando lo necesitabas. Se quedaba en la redacción cuando
apagabas la luz para salir y al llegar por la mañana ya estaba ahí, lista para decirte el
número de teléfono que te hacía falta.

Los medios electrónicos han supuesto un enorme avance en estas cuestiones. Ahora
todo es digital y no amarillea como el papel. Y lo más importante, la búsqueda de
información es mucho más efectiva. No digamos ya lo que ha supuesto para el
periodismo la revolución de Google, esa gran autopista de información a solo un clic,
que permite que los datos lleguen a nosotros a una velocidad nunca antes soñada. Ya
sé, alguno de ustedes estará pensando: “Sí pero, ¿cómo saber cuándo una información
de Internet es fidedigna?”. Pues, de la misma forma que se ha hecho toda la vida en los
medios tradicionales: contrastándola, buscando fuentes alternativas, verificando la
autenticidad de un relato, de un hecho contado, hasta considerarlo digno de crédito.
Volviendo al periodismo tradicional, el que utiliza fuentes de gente más o menos
cercana, una de las habilidades importantes debe ser, sin duda, el saber mantener
activas esas fuentes. Saber ganarse la confianza y el prestigio de los informantes. Esto
realmente no suele enseñarse en las universidades. Se trata de una serie de habilidades
que se desarrollan con el fin de “caer bien” a aquellas personas que pueden darnos una
primicia antes que a nuestra competencia. Quizá si se quiere estar a la vanguardia
como periodista haya que hacer algunas horas extra al salir de la redacción.

En cuanto a los políticos como fuentes potenciales, la verdad es que juegan un papel
primordial. El periodista debe aprender a llevarse bien con determinados cargos que le
puedan aportar noticias. Debe tomar el pulso a la clase política a diario y entender que
sin una relación fluida y constante con determinados representantes públicos, no podrá
informar eficazmente. Éstos buscarán también un hueco en nuestro espacio para tener
tribuna o notoriedad en el medio. Para ellos es sumamente importante estar a diario en
la prensa y en la radio, les ayuda a mantener vigencia y notoriedad ante el electorado.
Ahora bien, esta simbiosis debe mantener un correcto equilibrio y situarse dentro de lo
profesionalmente ético e higiénico. De lo contrario corremos el peligro de perder
nuestra credibilidad y ser acusados de excesivamente complacientes con los grupos de
poder. Esto podría dar al traste con nuestra credibilidad, algo que tiene una lenta
recuperación una vez que se ha visto dañada.

Ante todo, y al margen de la naturaleza de nuestra fuente, los periodistas tenemos que
practicar un sano deporte: comprobar, verificar, contrastar, volver a preguntar. Es el
mejor resguardo para nuestra integridad y la de nuestros lectores u oyentes.
Independientemente de la fiabilidad y la confianza que podamos tener en nuestra
fuente, siempre tenemos que protegernos de la fatalidad. Nunca debemos saltar sin red.
Tener una pizca de desconfianza puede hacer que después de nadar, podamos encontrar
nuestra ropa seca y a salvo.

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