La economía de la mentira

Carlos SempPR03_glass_250313_Carlos_Sempere_Carrión

Ciertamente el caso Stephen Glass, por su devenir rocambolesco, ejemplifica a la perfección hasta qué punto pueden llegar las malas prácticas en el ámbito periodístico, y cómo la competencia puede ejercer de guardián de la verdad y la integridad informativa. Y es que, ante la ausencia de elementos reguladores de la veracidad en la actividad informativa, son los actores cercanos al círculo profesional del informador quienes asumen el control sobre su trabajo.

En el caso que nos ocupa, la acción del reportero Adam Penenberg, de la publicación
digital Forbes, fue determinante para el esclarecimiento del asunto. Las nuevas
tecnologías, o nuevos medios online, juegan un papel importante en la investigación y
posterior desenvolvimiento de este fraude. Si bien la trama se produce en un entorno en
que la era de Internet, aunque de forma incipiente, ya está presente en las vidas diarias
de los periodistas, podría haberse dado una historia idéntica en cualquier otra época y
empleado medios primitivos y rudimentarios para su aclaración. De todos modos, la
velocidad que ha adoptado la información vía Internet, permite investigar y cerificar
datos con una eficacia inédita hasta ahora. Lo que facilita un tipo de periodismo más
activo, en constante actualización y a un ritmo de edición vertiginoso. Esto también
tiene una contrapartida: la credibilidad de estos medios digitales está a veces en
entredicho, dada la facilidad con la que cualquiera puede publicar informaciones falsas
o con falta de rigor.

Resulta curioso cuanto menos encontrarse con un caso como el de Glass, destacado
redactor del The New Republic. Las peripecias de este individuo por ocultar la verdad
fueron realmente desesperadas y demuestran hasta qué punto consideraba que, de ser
descubierto, todo su prestigio se vendría abajo. Aunque pueda resultar chocante una
historia como esta, el precedente hace presagiar que, con toda seguridad, pueden haber
existido numerosos casos sin descubrir en los últimos años y que quizá muchas
mentiras contadas por la prensa nunca queden desenmascaradas. A fin de cuentas el
periodismo es manipulación. Pero una cosa es manipulación y otra bien distinta es la
falsedad.

Estoy seguro de que la posibilidad de inventar un relato, unas fuentes, y construir una
interesante exclusiva es una fantasía que se le ha pasado por la cabeza hasta al
periodista más comprometido del planeta. El llevarla a cabo es otra cosa bien distinta.
Para los que, como Glass, puedan quedar seducidos por inventar toda una serie de
datos para beneficio propio, no hay nada más disuasorio que la certeza de que no hay
mentiras perfectas. Todas las pisadas dejan huella.

No hay nada relevante en el comportamiento de Stephen Glass. Nada que le pueda
hacer distinto a cualquier otra persona. Entendiendo la mentira como parte prominente
de la naturaleza del ser humano, Glass se comportó como un impostor. Eso sí, como un
impostor biológicamente legitimado. A veces se miente para defenderse de una
amenaza externa, otras para defender a alguien a quien se aprecia. Incluso llegamos a
engañarnos a nosotros mismos creyendo cosas que nos conviene creer. Pero una de las
teorías que con mayor ahínco se defiende en los manuales de biología y psicología es
que la mentira suele ser utilizada para conseguir aquello que deseamos empleando el
mínimo esfuerzo, y, si puede ser, con ninguno. En este sentido no somos diferentes de
las demás especies animales, la mayoría de los seres vivos sobre la faz de la Tierra
mentirían si en ello les fuese la vida, el alimento o el derecho de apareamiento.

Ante todo deberíamos hablar de “la economía de la mentira”. De esta forma podríamos
considerar que Glass mintió por economía. Sabía que era un periodista con formación
suficiente, que había tenido buenos profesores, que incluso  –supuestamente–  tenía
habilidades para su profesión. Sin embargo, la ley de lo económicamente factible” le
hizo pensar que falseando sus artículos llegaría tan alto como otros, con menos
esfuerzo y, quizá también, por qué no, en menos tiempo.

La palabra del periodista no debe ser única y exclusivamente un acto de fe. Si bien al
informador nada le impide adulterar o engañar con un dato, encontrándose en un
espacio con ausencia de regulación, éste debe saber que se enfrenta a una
autorregulación ejercida por compañeros de profesión y por otros medios de
comunicación de la competencia. Estos hacen el papel en muchas ocasiones, como ya
se ha visto en la película, de “policía de la verdad”. Esta es una tabla de salvación para
la sociedad, que de otra forma viviría en un estado de indefensión, sujeta a cualquier
tipo de tergiversación interesada por parte de los medios.

No hay que dejarse llevar por quienes opinan que los medios tradicionales son más
fiables que los modernos canales digitales y que Internet está lleno de chismes y
falacias. La veracidad y el rigor informativo no dependen del soporte, tienen que ver
más bien con el prestigio de la cabecera que escogemos para desayunar cada mañana y
con la responsabilidad que asume quien se dice periodista.

Cinco breves conclusiones críticas

1 – Por lo general, en el ámbito periodístico cotidiano, no debería ser difícil desmontar un engaño como el de Stephen Glass. Hay que tener en cuenta que cuando un medio lanza una noticia más o menos relevante, los demás medios también querrán reflejarla, lo que hará que ellos indaguen y el fraude quede irremediablemente al descubierto.

2 – Evidentemente, cuando se descubre un hecho de esa importancia, que afecta a la credibilidad de un periodista, es normal que se sospeche de sus otros trabajos realizados con anterioridad. Y, como se puede comprobar en este caso, también hubo malas prácticas en un buen puñado de ellos.

3 – Sorprende que en medios de comunicación del tamaño y la profesionalidad de TNR sea tan fácil introducir una noticia falsa, con tantos aspectos inventados: ruedas de prensa que nunca fueron, hoteles en donde nunca se estuvo, empresas que no existen, etc. Desde siempre se ha tenido la idea de que en estos colosos informativos el control previo sobre lo publicado es mayor.

4 – Todo parece indicar que Stepehn Glass tenía ciertas habilidades para la fabulación y para improvisar en momentos apurados evitando ser descubierto. Todo esto hace pensar si lo de Glass no será más que la punta de un iceberg y cuántas publicaciones falsas de otros autores seguirán siendo consideradas como verdaderas a lo largo de la Historia.

5 – No entiendo de cine y no puedo opinar acerca de la película. Pero me causó extrañeza que toda la redacción de un medio supuestamente reputadísimo como TNR estuviese formada en su totalidad por redactores de tan corta edad. Parecía un desfile de becarios recién licenciados. Es decir, parecería más creíble si apareciera por la redacción algún periodista más veterano, de 30 años quizá.

Titulares:
Las mentiras de Glass quedan al descubierto

Las perseverante afición a falsear información destruye la carrera de Glass

Una sarta de mentiras hace saltar por los aires la carrera del periodista Stephen Glass

El escándalo del New Republic provoca la investigación del trabajo de Glass para otros medios

Las mentiras de Stephen Glass pudieron no solo estar vinculadas a The New Republic

The New Republic pide perdón a sus lectores por las mentiras de uno de sus
periodistas

Las falsas fuentes de Stephen Glass

Hackers, internet, webs y otras mentiras de Stephen Glass

Forbes desenmascara las falsedades publicadas por The New Republic

Stephen Glass pudo haber mentido también en artículos publicados en otos
medios

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